EL CHINO HILARIO
Habita en un oscuro callejón, sumergido e inerme...
Su cuerpo yace tendido horas y horas, sólo se levanta para conseguir el sustento diario: un desperdicio recogido en la calle, cualquier sobra de comida que alguien le regale.
Vive cerca de la vieja estación del tren, a pocos metros de las “chabelas”, cortesanas milenarias con sonrisas compradas que lo conocen bien sin conocerlo.
Su origen es dudoso, una mezcla informe corre por sus venas: sangre india, sangre del oriente, es el “Chino Hilario” para los del barrio, un lumpen para todos los demás.
Una cosa lo caracteriza, además de la mugre, la espalda encorvada y que siempre anda descalzo, ese murmullo de palabras intermitente que sale de su boca, las cuales, si uno escucha con atención, no significan nada. Repetición obstinada de frases sin sentido.
Los años corren sobre su cuerpo dejando la huella imborrable de la desolación, marcando arrugas en la corteza rugosa llena de costras formadas por el tiempo. Una edad sin números, una edad hecha con extractos regados en las esquinas de las calles Primero de Mayo, Isabel la Católica, Bolívar, Avenida del Trabajo, Lindavista, donde ha dejado huella con sus pies costrosos morbosamente desnudos.
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